divendres, 17 de gener de 2020

Lo que le puede pasar a tu hijo de mayor si no aprende a gestionar la frustración per Olga Carmona

Los niños que no toleran las desilusiones pueden convertirse en adultos "emocionalmente discapacitados". Así puedes evitarlo
De forma muy genérica, cuando hablamos de tolerancia a la frustración estamos definiendo la amarga sensación de impotencia, rabia y tristeza por no conseguir aquello que deseábamos. La frustración es una emoción percibida como negativa cuando no se llega a cumplir un proyecto, una ilusión, un deseo.
Los niños, especialmente los más pequeños, tienen conductas que son consideradas por los adultos como egoístas o egocéntricas. Y, efectivamente, así es, sin embargo, es necesario quitarle a esa forma de comportarse la connotación social o el juicio peyorativo que nosotros ponemos. Este forma parte del desarrollo normal del ser humano que va alcanzando progresivamente mayores niveles de madurez neurológica, tanto a nivel motriz como intelectual o cognitivo. Entre los tres y los seis años, los niños se consideran el centro del mundo, los demás no existen. A esta edad la capacidad empática es aún un proceso muy precario e indefinido y no es hasta los seis años cuando se inicia la etapa de la empatía cognoscitiva o la capacidad de ver las cosas desde la perspectiva del otro, que alcanzará su madurez definitiva en torno a los 10-12 años con la empatía abstracta o social.
Saber esto ayuda a entender la razón por la cual los niños pequeños se comportan de forma narcisista. Ahora bien, de la misma forma que nacemos programados para el lenguaje, pero necesitamos del entorno para producirlo, también necesitamos aprender a ser empáticos y a tolerar la frustración con ayuda de los demás. Con especial protagonismo de los padres que son los referentes fundamentales en edades tempranas.
En este sentido, resulta frecuente ver cómo hay una polarización en la forma de gestionar esta habilidad en los niños. Todos conocemos padres que opinan que a los niños se les debe evitar cualquier frustración, pues ya la vida se encargará de “hacerles sufrir”. También están los del lado opuesto que tienden a frustrar de forma intencional al niño en la creencia de que eso “confiere carácter” y así aprenderán a enfrentar la vida que es muy dura.
Es decir, infraprotección frente a sobreprotección.
En ese continuo habitamos la mayoría de padres, más cerca de uno u otro polo, dependiendo de la situación, del carácter del niño, de la forma en que fuimos educados, de nuestro estado de ánimo en ese momento, cansancio, etc. Es decir, sin una línea consistente de actuación en algo tan básico como es ayudar a nuestros hijos a manejar una de las habilidades emocionales más predictoras de éxito o de fracaso vital.
Algunos de los comportamientos típicos de niños que no han aprendido a gestionar la frustración son:
    Agresividad: reaccionan de forma agresiva o con rabietas cuando sienten frustración.
    Abandono de la tarea, no persisten.
    Impaciencia e impulsividad.
    Búsqueda de refuerzo o gratificación inmediata.
    Demandan de forma exigente.
    Pensamiento polar o radical, poca flexibilidad.
    Intolerancia al error o al fracaso.
    Dificultad para adaptarse a los cambios.
    Ansiedad.
    Inseguridad.
La vida frustra. Por ello es imprescindible tolerar la frustración y eso se aprende. Hay niños con tendencias de personalidad que estarán más predispuestos y otros más resistentes, pero esta es una aptitud, una habilidad que como tantas otras necesita modelaje y herramientas para ser incorporada.
No ser capaces de tolerar la frustración nos convertirá en adultos emocionalmente discapacitados, ineptos vitales. La vida va a traer frustraciones sí o sí, no siempre nos va a dar aquello que deseábamos incluso esforzándonos mucho. Esto es una realidad y no preparar a nuestros hijos para ello es debilitarles, es dejarles sin recursos de afrontamiento.
Y no se trata de forzar artificialmente las situaciones que producen frustración, ya que eso es innecesario, contraproducente y, en mi opinión, también algo sádico. Pero tampoco debemos evitarlas ni mucho menos, compensarlas. Se trata de aprovechar las frustraciones cotidianas, inherentes al hecho de vivir, como preciosas oportunidades de aprendizaje que, sin ellas, no podríamos hacer.
Nuestro papel como padres y educadores debe ser el del acompañamiento emocional en momentos donde la frustración aparece y duele, reconociendo y validando la emoción primero y ayudando a generar soluciones alternativas después. Pero debe ser el propio niño quien, sintiéndose comprendido y contenido, sea capaz de generar una solución alternativa. No debemos compensar nosotros lo que falló ya que evitaremos al niño la posibilidad de trabajar aptitudes esenciales como la paciencia, la aceptación, la solución de problemas, la demora del refuerzo y la creatividad.
Algunas ideas para ayudar a nuestros hijos a gestionar la frustración:
    Deja que haga aquello que puede hacer, aunque lo haga despacio y mal. Aunque se equivoque o no lo haga de la forma en que tú lo harías. Con ello estás capacitándole para vivir el error como algo positivo que nos indica cómo no hacer las cosas (luego es un camino, un faro) y estás desarrollando en él la percepción de logro y competencia personal, ambas pilares de una autoestima sólida y resistente a los reveses.
    No compenses el error haciéndolo tú. Deja que lo vuelva a intentar e invítale a encontrar por sí mismo nuevas rutas para resolverlo. Permanece a su lado, tu papel es ofrecer contención y seguridad para que él encuentre su forma de hacer las cosas.
    Sé referente. Los niños aprenden, sobre todo, por modelaje y nosotros somos los modelos a través de los cuales filtran la realidad y aprenden a estar en el mundo. Si tú vives el error como algo negativo, si abandonas la tarea cuando te frustras, si vives un revés cotidiano de forma agresiva, estás siendo incoherente con lo que pretendes transmitir. Revisa tu forma de afrontar el fracaso, la frustración y el error. Para educar hay que reeducarse.
    No dejes que se enfrente a aquello para lo que aún no está listo. Hay situaciones que requieren la intervención de un adulto.
    Ayúdale a canalizar la frustración de forma constructiva: es necesario que aprenda a identificarla, nombrarla y después encontrar una manera de desactivar la agresividad que pueda generar: sencillas técnicas de respiración diafragmática, el ejercicio físico intenso (correr, saltar, gritar…).
    No minimices ni anules el llanto. Llorar es una respuesta necesaria, positiva y posterior a la agresividad que genera la frustración, por tanto, es un paso previo para neutralizar la impotencia y sentirnos más preparados para el aprendizaje posterior.
    Sé empático de verdad. Escucha sus razones y trata de que hable sobre todo de emociones, de cómo se siente. Hablar de ello, es el principio de la aceptación y, por tanto, de empezar a encontrar sus propias maneras de resolverlo. Contar un suceso parecido que te ocurrió a ti cuando eras pequeño, suele ser percibido por el niño como que estás entendiendo realmente su situación dado que la viviste y en ese saberse comprendido hay un enorme camino recorrido.
    La persistencia en la tarea no tiene que ser seguida ni insistente. Si el niño está intentando algo que no consigue y se frustra, puede ser bueno cambiar de actividad y volver a ello más tarde, cuando el ánimo haya cambiado. Negócialo con él previamente.
    Dale la ayuda justa y cuando la pida. Es importante que aprendan también a pedir ayuda cuando sientan que la necesitan, pero no des más de lo que es necesario, dale solo aquello que le permita seguir por sí mismo. Los padres tendemos a hacerlo por ellos en la creencia de que les estamos ayudando, pero es una ayuda cortoplacista y que parchea una situación concreta en lugar de generar recursos adaptativos de personalidad a largo plazo.

En definitiva, no te preocupes demasiado por cuánto puedes hacer por tus hijos, sino por cuánto pueden hacer por sí mismos y cuánta solidez vital han construido, gracias a cómo fueron educados.

dijous, 16 de gener de 2020

Cómo enseñar a tu hijo a no resignarse cuando le tratan mal per Olga Carmona

La indefensión aprendida se produce cuando el niño asume que haga lo que haga, no puede cambiar la realidad que le rodea
La indefensión aprendida es un estado psicológico que consiste en no hacer nada para evitar el sufrimiento o la situación dolorosa o aversiva (desagradable). Es decir, la víctima se “resigna” al maltrato y no hace nada para evitarlo porque ha adquirido la creencia de que nada de lo que haga cambiará el resultado.
Fue el psicólogo Martin Seligman quien, a través de unos experimentos con perros a los que sometía a choques eléctricos, formuló por primera vez el término. Algunos de estos pobres animales podían cortar la electricidad dando un golpe con el hocico, otros no. Estos últimos recibían el choque hicieran lo que hicieran. Los perros cuyo comportamiento evitaba la descarga se mantuvieron alertas y con energía, mientras que aquellos cuya conducta no obtenía resultado alguno generaron indefensión y dejaron de emitir conducta alguna, incluso cuando ya tenían la posibilidad de evitar la descarga.
La indefensión aprendida tiene que ver con el convencimiento de que hagas lo que hagas, no se producirá un resultado distinto. Es una brutal prisión psicológica, desconectada de la realidad, que bloquea cualquier posibilidad de cambio o liberación. Un ejemplo conocido es el método Ferber, en España llamado método Estivill, que consiste básicamente en no atender la llamada de un bebé lo suficientemente pequeño como para que aún no tenga ni siquiera la herramienta de la palabra ni la motricidad para escaparse o buscar ayuda por su propio pie. Es decir, preso de una inmensa vulnerabilidad, dependiente en extremo, cuya única alternativa de supervivencia es el llanto. Si no obtiene respuesta a su petición de ayuda, aprenderá que haga lo que haga no cambia nada, que él no tiene el poder de manejar la realidad, y, en última instancia, que no existe (afectivamente hablando). Y este primer aprendizaje quedará impreso en su cerebro aún en desarrollo, dejando una impronta que influirá en su forma de percibirse a sí mismo y al mundo.
En la indefensión aprendida, la víctima puede llegar a justificar el maltrato, a pensar que lo merece, se culpa. La autoestima se daña tanto que cree merecer lo que le está ocurriendo. Es muy fácil entender este fenómeno con las mujeres maltratadas y por qué les resulta tan difícil escapar de la situación, no denunciar, perdonar una y otra vez… Están presas de sí mismas, anulada su voluntad y con una autoestima tan destruida que su capacidad de reacción es muchas veces nula.
Lo podemos observar en multitud de aspectos de la vida cotidiana, en los ámbitos laboral, social y personal. Por ejemplo en el terreno profesional suele expresarse en forma de “esto es lo que hay y haga lo que haga nada va a cambiar”, es decir, dejo de expresar mis deseos, mis derechos incluso, y sigo soportando una situación laboral de insatisfacción (cuando no de abuso) porque creo que no tengo ningún poder sobre ella. En el ámbito de lo social es como una pandemia, una creencia generalizada de que no tenemos ningún poder para cambiar la situación social, que somos irremediablemente vulnerables frente al poder político y económico. En lo personal tampoco es infrecuente encontrar personas con discursos y vidas instaladas en un modelo cuya expresión coincide con el de indefensión o desesperanza aprendida. El conocido refrán "más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer" traduce una manera de relacionarnos con el mundo instalada en esta cultura.
Nosotros, los padres, podemos y debemos educar para hacer que nuestros hijos sean menos vulnerables a este estado psicológico. En este esquema en particular, no inocular indefensión aprendida en un niño tendría que ver con la coherencia, la incondicionalidad afectiva, el aprendizaje de estrategias de afrontamiento, la ausencia de miedo a las figuras de apego o parentales, la sustitución de la culpa por la responsabilidad, la motivación de logro y sobre todo la percepción de competencia:

    Coherencia de los padres entre ellos y hacia el niño. Coherencia entre lo que dicen y hacen. Coherencia en lo que transmitimos que está bien o está mal. Cuando un niño percibe a los padres como un equipo consistente, sólido, en el que se puede confiar, entonces también percibe el mundo como un lugar seguro, no como algo hostil y caótico. Esto imprime confianza y autoestima en tanto los demás también son percibidos como no amenazantes, y provee al niño de una visión positiva de sí mismo y de los otros.
    La incondicionalidad afectiva tiene que ver con que nuestros hijos se sientan amados independientemente de su comportamiento. Es decir, lo que siento por ti no es cuestionable, está fuera de la ecuación. Esto no significa que apruebe todo lo que haces o que no ponga límites cuando estos sean necesarios. Es decir, lo que intento canalizar adecuadamente es tu conducta, no a ti. Con lo que puedo estar en desacuerdo es con lo haces, no con quién eres. Cuando un niño se siente amado, también se siente aceptado y desde ese lugar es mucho más fácil lograr los cambios que sean necesarios en su aprendizaje del mundo.
    La ausencia de miedo, por supuesto. El miedo es un elemento imprescindible para aprender indefensión, el miedo bloquea la posibilidad de actuar, coloca al organismo en un estado de alerta donde solo es posible la huida o el ataque. Un niño no tiene posibilidad alguna de huir ni de atacar, por tanto se queda en un lugar paralizante de absoluta indefensión y donde su conciencia de vulnerabilidad invade su capacidad de reacción. Cuando un niño siente miedo hacia aquellos a quienes también ama y deberían amarle, generaliza esta emoción al resto de ámbitos afectivos de su vida, aprende a amar desde el temor, y desde el temor tenderá a escaparse y/o a atacar, en el plano afectivo.
    La motivación de logro y la autocompetencia. Es muy común observar cómo se protege a los niños de la posibilidad de que pongan en marcha su potencial, de que desarrollen la capacidad de resolución de problemas, de que habiliten estrategias de afrontamiento ante la adversidad. La cotidianidad del día a día ofrece innumerables ocasiones en las que un niño es capaz de lograr todo esto y sentir que es competente, capaz. Aprende a intervenir y modificar su medio, aprende que lo que hace tiene un resultado positivo o no, pero que puede influir y modificar las cosas. Esto es lo que los psicólogos llamamos "locus de control interno", frente al "locus de control externo" donde es la suerte, el destino o variables siempre externas las responsables de lo que ocurre y nos ocurre.
El propio Seligman defiende que los niños necesitan fracasar. Necesitan sentirse tristes, enfadados, frustrados. Sostiene que cuando les protegemos de sentir estas emociones, les privamos de aprender a perseverar. Y yo añado que, además, les privamos de aprender a sentirse competentes, dueños de sí mismos y de sus vidas. La motivación de logro tiene que ver con saberse hábil para conseguir metas, objetivos. Es una especie de reconocimiento interno que nutre nuestra autoestima. Es la verdadera motivación porque no es externa, no depende de otros, sino que yo soy quien se sabe capaz y eso produce percepción de control. Sabernos artífices de nuestra vida, artesanos de aquello que vamos construyendo, nos hace sentir que tenemos una gran parte del control y que las circunstancias influyen, pero en última instancia, no determinan el rumbo.
Y también necesitan desarrollar el criterio y la elección. Cuando los estilos educativos son muy paternalistas (yo decido lo que es bueno para ti, sin ti) o muy autoritarios (te prohíbo lo que creo que no debes hacer, porque yo lo digo) bloquean el desarrollo de habilidades imprescindibles como el criterio, la crítica y la elección. Y esto se aprende en casa, cuando nosotros como padres les estimulamos dejando que elijan aquello que pueden elegir (y que suele ser mucho más de lo que a priori pensamos) y que desde luego, asuman las consecuencias que se derivan de su elección; cuando negocio y explico los límites e incluso cuando permito que sea el niño quien encuentre la solución a un conflicto y la ponga en marcha probando su manera de influir en las cosas.


dimecres, 15 de gener de 2020

Los efectos en tus hijos del ‘rincón de pensar’ y otros castigos per Olga Carmona

Aislar e ignorar física y afectivamente al niño sólo logran que obedezca por miedo
Una madre encadena a una farola a su hija de ocho años por faltar a clase, era el titular de la noticia publicada en este medio hace unos días. Estoy convencida de que la mayoría de los padres y madres que la leyeron pensaron que era una barbaridad. Sin embargo, y conviniendo con todos en que efectivamente lo es, yo quiero hoy hablar de otras formas de maltrato infantil cotidianas, normalizadas, asumidas por la mayoría de los que educan y que llamamos eufemísticamente castigo.
La forma en que castigamos a nuestros niños ha evolucionado en los últimos años, en los que el castigo físico es cada vez menor y peor visto, porque además es ilegal. Sin embargo, han aparecido formas aparentemente más benignas, como la famosa y generalizada “silla o rincón de pensar”. Este engendro gestado y parido por el conductismo más mohoso y maquillado no es otra cosa que el famoso tiempo fuera (time out) disfrazado de moraleja reflexiva. De todos los que somos padres o educadores es sabida la capacidad de reflexión que tiene un niño de tres o cuatro años sobre un suceso o una conducta inadecuada. Hagan el experimento y pregunten a un niño qué ha estado pensando después de estar un rato sentado en la silla de “pensar” y sin riesgo a equivocarme la mayoría le dirá que solo a que pasara el tiempo y le dejaran continuar su vida.
Eso, en el mejor de los casos, porque la silla de pensar es la silla del resentimiento y la confusión. Es una técnica punitiva, se trata de una expulsión o aislamiento del niño sin dotarle de ningún tipo de herramienta para que aprenda a gestionar el conflicto. Un niño no sabe pensar si no es guiado y acompañado con un adulto y desde luego, nadie puede pensar inundado de ira o de frustración. Aislar e ignorar física y afectivamente a un niño no educa. Por el contrario, contenerle, ayudarle a calmarse (respiración, frasco de la calma, un cojín preferido, un abrazo si se deja, unas cuantas carreras…), para después guiarle hacia una reflexión sobre lo ocurrido y tratar conjuntamente de encontrar una mejor manera de hacer las cosas, sí educa. Porque no se trata solo de decirle lo que no es correcto, sino de mostrarle caminos alternativos al mal comportamiento. Incluso pueden utilizarse recursos como teatralizar la situación con las nuevas estrategias para que “ensaye” su puesta en marcha, o darle al botón imaginario del retroceso para tener la oportunidad de esta vez, hacerlo bien. Ellos necesitan saber cómo y es nuestra responsabilidad ayudarles. No expulsarles.
Nos han entrenado durante generaciones para pensar que el castigo, adecuadamente suministrado, es educativo. Y no lo hemos cuestionado. Desde la ciencia conductista que experimenta con perros y ratas de laboratorio, nos dijeron que el castigo modifica la conducta. Y es verdad. Al menos, en el caso de las ratas y los perros. La cuestión es que modificar la conducta no es educar, es adiestrar. Es hacer que el otro haga lo que es presuntamente correcto por miedo y por sumisión porque estoy ejerciendo una acción punitiva sobre él.
Hemos normalizado grandes dosis de violencia contra los niños en nombre de su educación, en el peligroso “por su bien”. Forma parte de la cotidianidad de los hogares la amenaza, la violencia verbal, el silencio, el chantaje, la sumisión. Hablo de una sociedad que entiende la educación y la crianza de forma vertical donde yo adulto, tengo la prerrogativa de administrar la dosis de respeto y dignidad hacia ti que por ser menor y/o saber menos que yo, estás por debajo. Hablo de una sociedad profundamente adultocentrista y violenta en su forma de vincularse y ejercer el poder. Hablo de miles de generaciones que han transmitido todo esto como la sangre que nos corre por las venas sin cuestionamiento alguno, porque cuestionar eso era cuestionar a quien lo ejerció sobre nosotros.
Las consecuencias del castigo
Pero además de que el castigo, en cualquiera de sus variantes, atenta contra la dignidad de quien lo recibe, intoxica el vínculo padre-hijo, produce resentimiento, anula el criterio, genera indefensión, conductas evitativas, y violencia, fragiliza una autoestima en construcción, genera ansiedad y miedo, y perpetúa el modelo anacrónico, simplista e ineficaz de educación, que ya no defenderían ni los conductistas más radicales. Se trata de un modelo aprendizaje que corresponde al siglo pasado y experimentado inicialmente con animales, para generalizarlo después al comportamiento humano. El castigo modifica la conducta, es efectista y nos encanta porque crea el espejismo de que hemos sido capaces de corregir aquello que el niño ha hecho mal, víctimas de la inmediatez de todo lo que hoy nos ocupa. Educar es una carrera de fondo, que consiste básicamente en sembrar la motivación intrínseca en el propio niño para hacer lo que ha de hacerse. Con los castigos no se interioriza el aprendizaje a largo plazo, los niños solo obedecen por miedo y se dejan fuera las variables emocionales y cognitivas, que son básicamente el barro del que estamos hechos.
Se trata de construir cimientos sólidos desde dentro, no convertir a nuestros hijos en marionetas manejadas por la aprobación o desaprobación del entorno, siendo capaces de estimular el criterio propio y el sentido de la dignidad. Se trata de romper un círculo vicioso transmitido por generaciones donde hemos creído que para educar es necesario violentar, coartar, rescindir, amenazar, mientras que simultáneamente les ahorramos por sobreprotección la posibilidad de experimentar las consecuencias del error, construyendo sin querer una sociedad individualista, poco empática que nunca se pregunta el porqué de una mala conducta y solo tiende a eliminarla. Si educamos en el resentimiento obtendremos adultos con deseos de venganza que la ejercerán en cuanto se les brinde el poder para ello: como padres, como jefes, como vecinos, como individuos en definitiva que se relacionan con ese oscuro lugar.
La pregunta obvia entonces es que si no disponemos de esta herramienta tan socorrida para combatir el mal comportamiento, ¿cómo lo hacemos? Yo abogo por un modelo educativo basado en la prevención y en la comunicación emocional. Un modelo donde, por supuesto, hay límites razonados y donde no evito que el niño sienta las consecuencias naturales de un mal comportamiento. Son estas las que nos servirán de vehículo para la reflexión, acompañada y el aprendizaje a través de la experiencia, único aprendizaje verdadero que conduce al crecimiento sano y a la madurez. Un modelo que pone más luz en lo que se hace bien que en el error, un modelo donde dicho error es un recurso genuino y valioso para el aprendizaje, no algo a combatir.


dimarts, 14 de gener de 2020

Educar sin castigos, de ninguna clase per Olga Carmoma

Las técnicas punitivas no modifican la conducta a largo plazo, deterioran el vínculo entre el niño y el adulto, generan resentimiento y violencia
“Quién es esa mitad de la humanidad que, viviendo junto a los adultos y con ellos, está, al mismo tiempo, tan trágicamente separada de estos. La obligamos a cargar con el fardo de los deberes del hombre del mañana sin otorgarles sus derechos del hombre de hoy”. Janusz Korczak1
Plantear una educación sin castigos, tanto en el ámbito familiar como escolar, hace que se disparen las alarmas generadas por los prejuicios, las creencias y los miedos arraigados en nosotros con la fuerza de los siglos y la inercia de la cultura predominante. Sin embargo, dicen los expertos que estamos en constante evolución y que somos sustancialmente más inteligentes que hace algunos miles de años, lo que debiera traducirse sobre todo en una mayor adaptabilidad y flexibilidad.
Desde la psicología y otras ciencias que estudian al ser humano, y aunque con muchas limitaciones aún, tenemos un mayor conocimiento de cómo funciona la psique humana, qué nos mueve, qué nos hace aprender, a qué tememos, qué buscamos. En este contexto, nace un planteamiento filosófico, pedagógico y psicológico donde algunos profesionales y padres planteamos una educación exenta de castigos, de ninguna índole.
Nuestra sociedad evoluciona hacia leyes más civilizadas, democráticas y respetuosas con los derechos humanos y hoy por hoy, muchas formas de castigo que se usaban antes serían constitutivas de delito. Sin embargo, las sociedades cambian antes sus leyes que sus mentalidades. Hacen falta varias generaciones para erradicar una forma de pensamiento.
Por ejemplo hace algunos años, en este país, no era delito pegar una bofetada a tu mujer ni estaba mal visto, era algo aceptado por una sociedad construida sobre un recalcitrante machismo instalado en la base. Hoy, algunos años después, empezamos a no mirar para otro lado y vamos poco a poco aprendiendo a no normalizar determinadas formas de violencia, aunque a ojos vista está, nos queda mucho por recorrer. En lo que tiene que ver con el castigo llevamos una evolución paralela, cambiando a formas menos aversivas, generalmente no físicas, pero todavía sostenidas sobre la creencia de que el castigo educa.
Y si bien es cierto que mediante técnicas punitivas es posible modificar la conducta indeseada, no es menos cierto que no se logrará un efecto a largo plazo y que la motivación para elegir hacer las cosas de forma ética no tendrá nada que ver con la motivación interna, sino con la evitación de dicho castigo.
Es decir, cuando educamos, lo que buscamos es que nuestros hijos o alumnos se manejen desde una conducta ética, moral, solidaria, respetuosa con las normas y con los demás. Sin embargo, no es ese el efecto que se consigue a través del castigo a una conducta inadecuada. Por no entrar a valorar las consideraciones éticas que se derivan de imponer un castigo a un ser humano en fase de aprendizaje, más débil y vulnerable y con quien tenemos un vínculo afectivo.
Pero además, está suficientemente demostrado que el castigo no modifica la conducta a largo plazo, no educa, deteriora el vínculo entre el niño y el adulto, genera resentimiento, conductas evitativas, y violencia. Fragiliza una autoestima en construcción, genera ansiedad y miedo, y perpetúa el modelo anacrónico, simplista e ineficaz de educación que ya no defenderían ni los conductistas más radicales. Se trata de un modelo aprendizaje que corresponde al siglo pasado y experimentado inicialmente con animales, para generalizarlo después al comportamiento humano.

Luego el castigo no produce un aprendizaje de los valores que pretendemos inculcar. Es una enorme paradoja, porque cuando se les pregunta a los padres qué quieren para sus hijos, la mayoría responde que sean buenas personas y que sean felices.
Llegados a este punto, la pregunta es cómo hacer para que nuestros hijos hagan lo que debe hacerse. Y es aquí donde se impone un cambio radical de paradigma: si yo quiero ayudar a un niño a aprender formas adecuadas de conducta y a convertirse en la mejor versión de sí mismo que pueda, tendré que utilizar otras herramientas alejadas completamente de cualquier acción punitiva.
Hablamos de construir un vínculo sólido, basado en la confianza mutua, donde quedan fuera planteamientos tales como “ellos siempre quieren salirse con la suya”, “si no te impones, te comen”, etc.… que traducen una visión de la relación con nuestros hijos desde el punto de vista de “ganar-perder”, donde yo adulto tengo que imponerme al niño para educarle. Una visión de la relación basada en el enfrentamiento subliminal o explícito donde hay “quien sale ganando o perdiendo”.
Cambiando la mirada que hemos interiorizado a través de una cultura genuinamente violenta, cambiaremos la forma de relacionarnos, especialmente con nuestros hijos. Esto no es una batalla (aunque a veces logremos convertirlo en eso), es un proceso de aprendizaje y ojalá que de disfrute, donde soy referente y filtro para un ser humano que empieza a aprender la vida.
Y no se trata de ausencia de límites ni de normas, ni mucho menos. Se trata de un marco de juego donde ellos, nuestros hijos, son parte esencial y necesaria de su construcción. Normas negociadas, flexibles, argumentadas, con un sentido que beneficie a ambas partes. Y unas consecuencias naturales derivadas de su no cumplimiento, sin artificios forzados por parte del adulto.
Queremos que aprendan a vivir salvaguardando y cuidando lo más preciado de que disponen: a sí mismos.
Muchas voces adultas dirán que ellos fueron educados con los castigos necesarios y que se lo agradecen a aquellos que se los impusieron porque lo hicieron por amor y por su bien. Pero muchos de estos adultos andan cojos o muy cojos de autoestima, de autocontrol, de sentido vital. Y no defienden aquellas acciones punitivas que les humillaron a fin de reconducirles y mostrarles el buen camino, sino a quienes se las impusieron porque a fin de cuentas todos necesitamos preservar el recuerdo de quienes debieron querernos, aunque no lo hicieran bien.
Y también están los que dirán que es tan bonito como utópico. De estos siempre ha habido, por los siglos de los siglos, hasta que alguien, guiado por un faro diferente, convierte la teoría en realidad y entonces la humanidad avanza. Lenta, adormilada, acomodada en su violenta y muchas veces vacía zona de confort, defendiendo el “siempre se ha hecho así” como una bandera tras la cual esconderse.
Dice Albert Einstein que “ningún problema puede resolverse sin cambiar el nivel de conciencia que lo ha engendrado”. Se puede y se debe educar sin castigar, con unas pautas que explicaré en el siguiente artículo. Se requiere un cambio interno en nosotros, los padres, los educadores. Se requiere una gran dosis de criterio y valentía. Nuestros hijos no son el enemigo.
1 Janusz Korczak, seudónimo con el que publicaba Henryk Goldszmit (1878-1942), fue un médico y pedagogo innovador polaco, autor de publicaciones sobre la teoría y la práctica de la educación. Fue un precursor de la lucha en favor de los derechos y la igualdad de los niños.

dilluns, 13 de gener de 2020

Cómo educar a tu hijo sin recurrir a los castigos per Carolina García

Las reprimendas frecuentes consiguen que los niños padezcan resentimiento, quieran vengarse y sean más retraídos socialmente
Muchas veces los padres reaccionamos muy mal cuando nuestros hijos hacen algo inadecuado. Y, sin querer, ni darnos cuenta, recurrimos a un castigo que, seguramente, no estará acorde con lo que acaba de hacer el pequeño. A la hora de educarles es fundamental cambiar el concepto arcaico de castigar de forma impulsiva, según los expertos. Lo fundamental es que los padres consigan que el niño aprenda y comprenda lo que ha hecho mal.
“El menor debe conocer las consecuencias de sus actos, pero de una forma lógica”, explica Silvia Álava, psicología infantil. Normalmente, cuando nuestro hijo hace algo mal, lo primero que solemos hacer es explotar y pasar a un castigo cortante, definitivo y en un tono que el niño no comprende, con el que no aprende: “El menor no sabe de donde viene todo eso. Esa explosión. E, incluso, algunas veces puede llegar a preguntarse, ¿pero por qué me está castigando ahora?”.
“Lo fundamental es educarle en las consecuencias de sus actos”, añade la experta. Por ejemplo, “si un niño llama a su madre tonta, es preferible que se le diga que mamá necesita dos o tres minutos para pensar, que entienda que nos sentimos mal. Enseñarle que en esta situación, lo que hay que hacer es pedir perdón”.
Otro caso que cita la psicóloga es cuando nuestro hijo pierde la pelota en el colegio. “Aquí lo más adecuado, por ejemplo, para que entienda las consecuencias, es hacerle saber que tiene que cuidar sus cosas. Una manera útil es que al día siguiente vaya a objetos perdidos y si no estuviera allí el balón, decirle que hasta que sea su cumpleaños o Navidad no podrá tener una nueva”, El consejo fundamental de la experta es que antes de castigar “párate y piensa: ¿Qué es lo que ha hecho el niño? ¿cuál es el objetivo que quieres conseguir que aprenda? ¿Cómo quieres que entienda lo que ha hecho? Y de ahí reflexionar las consecuencias lógicas. Como todo, es entrenamiento”, concluye Álava.
Las consecuencias del castigo en los niños
Castigar sin justificación alguna y de forma desmedida tiene consecuencias negativas en los niños. Lorena García Vega, formadora de familias y educadora de aula, explicaba a este medio en una entrevista las 4 R del castigo que representan el efecto negativo del mismo sobre el comportamiento del niño, y estas son:
    Resentimiento: sentir que el castigo impuesto no es justo.
    Revancha: Cuando menos se lo esperen me saldré con la mía
    Rebeldía: Voy a hacer todo lo contrario a lo que me digan
    Retraimiento, quizá desde mi punto de vista la más negativa, porque conlleva dos posibles resultados. Primero, está la cobardía en cuanto no me van a volver a pillar, que no es lo mismo que no lo voy a volver a hacer, sino que lo haré cuando no me vean. La segunda, es la reducción de la autoestima, que es cuando jugamos con las emociones del niño a través del castigo, como puede ser la retirada de afecto o exagerar su mala conducta. O simplemente le hacemos sentir mal por lo que ha hecho, el niño puede llegar a pensar (mente inmadura) que es una mala persona, y considero que este pensamiento es para un niño una atrocidad. Por otro lado, el pequeño ante el castigo puede convertirse en adicto a la aprobación, convirtiéndose en una persona complaciente, y generando esto el que en un futuro pueda ser más vulnerable a las malas influencias.


Por qué no debes castigar a tu hijo per Carolina García
Lorena G. Vega, educadora, explica que hay cuatro consecuencias importantes por las que no se debe escarmentar a los niños
En la sociedad actual son muchos los expertos que promueven una lucha que antaño ni siquiera se planteaban: los niños no aprenden mejor si se les castiga. Esto es lo que defiende la Disciplina Positiva, una disciplina educativa que se adapta a la sociedad de hoy y trata de cambiar la perspectiva que tenemos hacia el mal comportamiento del niño, tratando de que el adulto pueda adquirir y desarrollar comprensión. Y para lograrlo se basa en una serie de criterios: “Exige que los cuidadores y padres sean amables a la vez que firmes; permite que los niños tengan un sentimiento de pertenencia e importancia, su efecto es a largo plazo y, lo más importante, enseña habilidades de vida y valores para un buen carácter, considerando el error como una maravillosa oportunidad de aprendizaje”, explica por correo electrónico Lorena García Vega, formadora de familias y educadora de aula. “Además”, prosigue, “da mucha importancia a las fortalezas individuales a través de la capacitación del individuo”.
Para conseguir estos objetivos, la experta plantea que lo primero que deben tener los padres es paciencia ya que “muchas veces los progenitores desesperados por la mala conducta de sus hijos caemos en la trampa del castigo, que es mucho más inmediato, pero también mucho menos efectivo”. Entre los consejos, el más importante es reforzar la tolerancia a la frustración, que se consigue a partir de entrenamiento constante. Además, “poco a poco y conforme los padres vayan aplicando, o más bien integrando, la Disciplina Positiva en la cotidianeidad del día a día, podrán establecer una pieza clave, que es proporcionar amabilidad y firmeza al mismo tiempo, esto quiere decir te respeto y me respeto”, explica Vega.
Vega resalta la importancia de equivocarse: “es de sabios y errar es de humanos. No podemos estar fustigándonos ante nuestros errores porque tal y como apunta la Disciplina Positiva, el error es una maravillosa oportunidad de aprendizaje. También nos acerca a nuestros hijos, ya que nos ayuda a poder empatizar cuando exigimos una innecesaria perfección. El error nos conecta y este es otro de los principios de la Disciplina Positiva conexión antes que corrección”.
Hablamos con Vega sobre los castigos, sus efectos y la importancia del respeto en la relación con nuestros hijos.
PREGUNTA. ¿Cuál es tu opinión sobre los castigos no físicos?
RESPUESTA. No considero que los castigos, del tipo que sean, sean una herramienta productiva de enseñanza y de crianza. Es cierto que anulan la mala conducta inmediatamente, sin embargo, como están vacíos de aprendizaje, significado y valores, la tendencia es que la mala conducta vuelva a aparecer y que el adulto vuelva a castigar, y de esta forma nos introducimos en un bucle mala conducta-castigo del que es difícil poder salir. Además, el castigo, tenga la forma que tenga, es humillante para quien lo recibe, ya que se le impone “pagar una consecuencia” por algo que quizá no ha cometido y/o sin validar los sentimientos que al niño/a le han llevado a actuar de esa manera.
P. Tú hablas de las 4 R de los castigos, ¿en qué consisten?
R. Las 4 R del castigo son las consecuencias negativas que tiene sobre el comportamiento del niño/a, estas son:
    1. Resentimiento (sentir que el castigo impuesto no es justo)
    2. Revancha (cuando menos se lo esperen me saldré con la mía)
    3. Rebeldía (voy a hacer todo lo contrario a lo que me digan)
   4. Retraimiento, quizá desde mi punto de vista la más negativa porque conlleva dos posibles resultados. Primero, está la cobardía en cuanto no me van a volver a pillar, que no es lo mismo que no lo voy a volver a hacer, sino que lo haré cuando no me vean. La segunda, es la reducción de la autoestima, que es cuando jugamos con las emociones del niño a través del castigo, como puede ser la retirada de afecto o exagerar su mala conducta. O simplemente le hacemos sentir mal por lo que ha hecho, el niño puede llegar a pensar (mente inmadura) que es una mala persona, y considero que este pensamiento es para un niño una atrocidad. Por otro lado, el pequeño ante el castigo puede convertirse adicto a la aprobación, convirtiéndose en una persona complaciente, y generando esto, el que en un futuro pueda ser más vulnerable a las malas influencias.
P. ¿Qué opinas de la torta a tiempo?
R. Sinceramente no creo que haya tiempo ni lugar para la violencia en ninguna de sus formas, ni en ningún tipo de relación. La violencia es el resultado de una agresividad mal gestionada, por lo tanto, a mi hijo le estoy mostrando que no tengo inteligencia emocional suficiente para poder gestionar mi ira. Como adulto, debo ser capaz de comprender cuándo en una situación, conflicto, discusión… es muy difícil llegar a un entendimiento, y desde el enfado y la ira poco vamos a poder solucionar. Por lo tanto, lo más sensato es que ambas partes puedan llevar a cabo un tiempo fuera positivo, que tendrá una dinámica en función de la edad.
Cuando el niño es muy pequeño, es el adulto quien hace el tiempo fuera positivo, previo aviso, y explicación de por qué y recalcando que el enfado no es sinónimo de ausencia de cariño, y cuando el niño es capaz de entenderlo, será él quien lo haga. Haciendo un trabajo de empatía, si ahora discutimos o tenemos un desencuentro, conflicto, con otra persona, si esta nos da una torta ¿consigue que se me pase el enfado y me relaje? ¿Me ayuda a reflexionar? O quizá ¿me enfado más todavía? También puede pasar que por miedo a que no me dé otra torta acepte su punto de vista a pesar de no estar de acuerdo, generando sobre mí un sentimiento de humillación, falta de respeto y sometimiento.
P. En tu opinión, cual es la clave de una buena crianza o educación
R. La clave está en el respeto mutuo, que no sea humillante ni para el niño ni tampoco para el adulto creando un buen equilibrio entre el control excesivo y la permisividad, de ahí que los resultados sean a largo plazo, ya que requiere trabajo, tiempo y esfuerzo para llegar a alcanzar la armonía. Por otra parte, también considero muy importante alcanzar uno de los primeros objetivos que nos marcamos como seres sociales, y es adquirir nuestro sentido de pertenencia e importancia. Como ser social que soy, pertenezco a un grupo, pero además mis aportaciones son relevantes y tenidas en cuenta.

diumenge, 12 de gener de 2020

Adicción a los videojuegos: cuatro señales de que debes pedir ayuda per M. Victoria S. Nadal

¿Dónde está el límite entre ser un jugador apasionado y estar enganchado? Recopilamos cuáles son los síntomas habituales del abuso a los videojuegos
A principios de este año, la Organización Mundial de la Salud (OMS) identificó el abuso de los videojuegos como un trastorno. Esta decisión fue muy criticada por parte de los profesionales del sector de los videojuegos y de muchos aficionados. También algunos investigadores y profesionales de la salud mental opinaron que esta inclusión es prematura, que "podría dar lugar a un sobrediagnóstico y que alimenta la estigmatización de los jugadores". Pero lo cierto es que, a día de hoy, resulta complicado marcar el límite entre ser un jugador apasionado o estar enganchado.
Por eso, los expertos consultados por la OMS opinan que clasificar el abuso de los videojuegos como un trastorno puede ayudar a definir los criterios para diagnosticarlo a tiempo en los casos críticos. Recopilamos cuatro señales de mal uso que indican que los usuarios deberían pedir ayuda. Cumplir con estos requisitos no implica necesariamente ser adicto a los videojuegos —al menos hasta que lo confirme un psicólogo— pero sí son un síntoma de que algo no va bien y podría empezar a ir peor.
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    Dejar de lado relaciones sociales, familiares o de trabajo
Como entretenimiento, los videojuegos sirven para ocupar tu tiempo libre. Reservar tiempo de tu día para jugar tampoco tiene por qué ser preocupante. El problema viene cuando se convierte en una prioridad y dejas de hacer otras cosas más importantes por sentarte delante del ordenador o la videoconsola. Es decir, cuando el juego es lo primero para ti y lo antepones a salir con tus amigos, pasar tiempo con tu familia, hacer planes con tu pareja o terminar de hacer tu trabajo. Uno de los criterios diagnósticos para saber si alguien sufre de adicción a los videojuegos es determinar si, durante los últimos 12 meses, "ha dado cada vez más prioridad al juego sobre otros intereses y actividades de la vida diaria".
    No ser capaz de limitar el tiempo de juego
Ponerse media hora y acabar enganchado toda la tarde. Perder la noción del tiempo es normal si sucede esporádicamente. Este punto no tiene tanto que ver con que el tiempo vuele, sino con que, aun siendo consciente de que deberías dejarlo por hoy, eres incapaz de hacerlo. En esa situación, se considera que el usuario está perdiendo control sobre sus impulsos y que se deja llevar por el placer que le generan las hormonas que su cerebro está secretando mientras juega.
    Jugar cuando deberías estar durmiendo
Aunque las necesidades de sueño pueden variar mucho de una persona a otra, hay ciertos límites que, si se cruzan, pueden ser una señal de alarma. Por ejemplo, mantener al día tus obligaciones diarias a cambio de sacrificar horas de sueño para poder jugar o cambiar los hábitos de sueño para amoldarlos al juego: no es lo mismo ser alguien que siempre ha funcionado bien durmiendo solo cinco o seis horas, que reducir el tiempo que estás duermiendo para poder jugar. Aunque sea una decisión personal, no dormir afecta directamente a la salud física y mental y puede perjudicar al desempeño en el trabajo (más allá de estar cansado) o de las obligaciones familiares.
    Continuar jugando a pesar de las consecuencias negativas que les causa
Según Vladimir Poznyak, experto en consumo de sustancias y conductas adictivas de la OMS, una de las claves para llegar a diagnosticar la adicción a los videojuegos es la incapacidad de dejar de jugar aún a sabiendas de las consecuencias negativas. Es decir, cuando está afectando a tus relaciones personales, a tu trabajo o a tu salud física y mental y, aún así, sigues dándole prioridad y no eres capaz de dejarlo. "El patrón del uso de estos juegos es a menudo persistente a pesar de la conciencia de un mayor riesgo de daño para la persona o para otros", explica Poznyak.
Ninguno de estos síntomas por separado determina si alguien es adicto a los videojuegos o no. Según la OMS, solo se diagnostica cuando "el patrón de comportamiento es lo suficientemente grave como para dar lugar a un deterioro significativo a nivel personal, familiar, social, educativo, ocupacional o en otras áreas importantes de funcionamiento". La última versión de la Clasificación Inernacional de Enfermedades (CIE-11), señala que "generalmente es evidente durante un periodo de al menos 12 meses, aunque la duración requerida puede acortarse si se cumplen todos los requisitos de diagnóstico y los síntomas son graves".
"Los estudios sugieren que el trastorno del juego afecta solo a una pequeña proporción de las personas que participan en actividades de videojuegos digitales", añade Poznyak. Sin embargo, las personas que participan en los juegos "deben estar atentas a la cantidad de tiempo que dedican a las actividades de juego, especialmente cuando se trata de excluir otras actividades diarias, así como a cualquier cambio en su salud física o psicológica y su funcionamiento social".
El porcentaje de personas a las que afecta este trastorno en las muestras estudiadas oscila entre el 0,7% y el 27,5%, según una revisión reciente de la investigación Estudios epidemiológicos transversales y longitudinales del trastorno por uso de videojuegos online llevada a cabo por el psiquiatra e investigador japonés Susumu Higuchi. La tasa es tan amplia precisamente porque hasta ahora ha sido complicado limitar qué era y qué no adicción a los videojuegos. Si nos centramos en Europa, la oscilación va entre el 1% y el 10%, según Poznyak. "No cabe ninguna duda de que el problema existe", señala Poznyak.

dissabte, 11 de gener de 2020

Una entusiasta red de buenas acciones per Nacho Meneses

Empleados y empleadores se unen en GroupM España para desarrollar, desde hace años, una labor de solidaridad compartida con personas y colectivos necesitados. La escucha activa y la empatía son claves
Aveces, las acciones importantes no necesitan de grandes gestos ni presupuestos plagados de ceros. Hay ocasiones, y están ahí si sabemos verlas, que únicamente requieren el compromiso, la escucha y la buena voluntad de un grupo de personas decididas a borrar la raya invisible entre la indiferencia y la solidaridad. Un marco en el que los esfuerzos individuales cobran fuerza si al otro lado del espejo hay una empresa que, como sus trabajadores, escucha y está dispuesta a colaborar; y es en este contexto en el que se circunscribe gran parte de la labor de Responsabilidad Social Corporativa (RSC) del grupo de agencias de medios GroupM en España, muchas de cuyas acciones surgieron precisamente a iniciativa de unos empleados que, en los últimos dos años, pidieron ayuda para 113 causas entre asociaciones, colegios, aulas TIC, familias en riesgo, colectivos necesitados...
“Las grandes empresas las componen las grandes personas. Son ellas quienes proponen y es la empresa la que sirve de altavoz y da fuerza al sentir colectivo”, afirma Gerardo Mariñas, CEO de GroupM España, que emplea a más de 700 personas. “Cualquier empresa, con independencia de su tamaño, ha de estar alineada con el sentimiento colectivo de colaboración con la sociedad que tienen las personas que trabajan en ella”. Para este directivo, nadie con sentido común permanecería hoy ajeno a las preocupaciones y los intereses de sus trabajadores, que van más allá de las puertas de su lugar de trabajo. Una filosofía que ha convertido a GroupM –y a sus agencias MediaCom, Mindshare, Mediterránea, m/Six y Wavemaker– en la única empresa del sector reconocida con el sello Top Employer por sexto año consecutivo, y que tampoco descuida la formación de sus empleados, al instaurar un Máster en Transformación Digital por el que pasan todos ellos.
'Segunda vida del ordenador' permite dar una nueva oportunidad a los equipos informáticos que se han actualizado.
Los valores de inclusión, diversidad y colaboración del grupo se dejan ver tanto en sus acciones de RSC globales como locales, ya sea uniéndose a planes de sus clientes como desarrollando iniciativas propias: WPP, el holding al que pertenece GroupM, fue en 2002 el primer grupo del sector en lanzar una Memoria de Sostenibilidad. Ambas firmaron un acuerdo de colaboración con United Nations Women contra la violencia de género, a través del apoyo de la creatividad y los medios, o los programas Walk the Talk o WPPFastForward, relacionados con el empoderamiento de la mujer. Pero cada país y cada oficina del grupo tiene libertad para implantar ayudas por la cercanía a su propia comunidad. “Hay causas grandes que todos apoyamos, pero no se puede desoír la necesidad local, donde existen peticiones pequeñas de ayuda que son muy importantes. En materia social la grandeza está en las pequeñas causas que necesitan un altavoz y no tienen recursos para hacerse oír”, sostiene Mariñas.
Uno de estos programas es el de Segunda Vida del Ordenador, que permite dar una nueva oportunidad a los equipos informáticos que actualiza el grupo cada año. Hasta la fecha, esta iniciativa se ha traducido en la donación, por iniciativa de los trabajadores, de más de 1.000 equipos que están siendo utilizados hoy para formación y ayuda a causas diversas, desde refugiados e inmigrantes a desempleados, colectivos desfavorecidos o en la creación de aulas TIC que muchos colegios han creado con dichos ordenadores. Entre los proyectos curiosos que se han beneficiado de esa donación está, por ejemplo, Onedayyes.org, creado por una compañera de la agencia de medios Mediterránea, que ha levantado en Kenia una escuelita hecha con basura y botellas de plástico que reciclan del mar.
Una entusiasta red de buenas acciones
Con la proximidad de la Navidad, la empresa volverá a poner en marcha el tradicional Árbol de los Deseos, en el que los empleados cuelgan un anhelo que la empresa cumple, con la única condición de dejar al pie un regalo. Este llegará después a niños o mayores hospitalizados en una cabalgata muy especial en la que los reparten, vestidos de Reyes Magos, junto a médicos y enfermeros, por ejemplo, del Hospital Puerta de Hierro, en Majadahonda (Madrid).
Más allá de las acciones que se repiten cada año, la flexibilidad representa, sin duda, una de las características que mejor definen la labor de RSC de GroupM. “Es el único punto en el que una compañía debe permitirse cierta ausencia de planificación, porque las necesidades y alertas, como los temporales y las catástrofes ambientales, son imprevistas y requieren de una respuesta rápida y flexible. Escuchamos y apoyamos, pero, claro, no hay presupuesto para todo”, explica Mariñas.
Gerardo Mariñas: "Todas las empresas deberían devolver a la sociedad parte de lo que reciben de ella".
Así, la Operación Kilo colabora con el Banco de Alimentos de Madrid en la recogida de alimentos no perecederos para familias necesitadas o con la ONG Olvidados; y en la Operación Campamento, GroupM y sus agencias se movilizaron para que unos niños del barrio de la Latina pudieran asistir a un campamento de verano con sus compañeros.
La escucha activa, siempre alerta en GroupM, se aprecia especialmente en la reacción de empresa y empleados a peticiones de ayuda como la de Helping Malawi, que llegó de la mano de Triana y Ramón, dos colegas de la empresa que necesitaban recaudar 4.000 euros con los que financiar 13 becas de estudios de Primaria para niños y niñas de Malawi. Tras conocer una anécdota en la que supieron que allí los niños compartían los lápices rompiéndolos, la empresa se comprometió a donar 10 euros por cada lápiz que donaran los empleados. Por cada trozo de lápiz se recogieron, en 30 días, 664 lápices, además de donaciones particulares de los trabajadores. Objetivo cumplido.
Sinergias solidarias
Parte de las acciones solidarias de GroupM se realizan en colaboración con sus clientes, que comparten ese espíritu de cooperación en gran medida. Un ejemplo es Cinfa, cliente de Wavemaker, una de las agencias de GroupM, que desarrolló la campaña Contigo 50 y Más, un programa de apoyo a proyectos de asociaciones que premia a 50 causas. Una de ellas, la Asociación del Síndrome de CDG, que afecta a un amigo de un empleado que inició una campaña entre sus compañeros y el resto del grupo, hasta lograr ser el sexto proyecto más votado. “O Sony Music, que, por mediación de Mediacom, nos ayudó a recaudar fondos para los afectados de Ataxia de Friedrich y a cumplir el sueño de una chica afectada por ella (hermana de una empleada) de conocer a los Gemeliers y dar voz a esa enfermedad.
“Hemos colaborado en causas tan dispares como la grabación de un disco de música clásica cuyos ingresos por la venta irán destinados a ayudar a niños desfavorecidos en enclaves de Latinoamérica; hemos contribuido a la repoblación de bosques en Ávila y en la limpieza de enclaves rurales y ríos a través de Mindshare, otra de las agencias, que además realiza una colaboración continua con organizaciones como Olvidados”. La lista continúa, y sin duda llegarán nuevos proyectos: una forma excepcional de reinvertir capital humano en la sociedad a la que todos pertenecemos.

Yolanda Aranda: “Cal una sensibilitat especial perquè cuidar és entrar a la intimitat d’una llar” per elena Freixa

Coordinadora d’assistència a domicili de la Fundació d’Atenció a la Dependència de Sant Joan de Déu

La Yolanda Aranda es va quedar sense feina quan passava dels 40 anys. Des de Càritas -a on va dirigir-se per demanar orientació i ajuda- li van proposar explorar el sector de les cures professional. “Va ser com descobrir tot un món nou i preciós”, diu mentre recorda la primera experiència laboral a la Fundació d’Atenció a la Dependència (FAD) de Sant Joan de Déu. Avui, ella és una de les coordinadores de l’equip de cuidadores de la FAD, que formen més de 150 persones.

Com van ser les primeres experiències com a cuidadora?
Vaig tenir l’oportunitat de començar amb serveis a domicili de persones que estaven molt al final de la vida. És una experiència espectacular, tothom hauria de passar per aquí en algun moment. Igual que diem que tots els joves haurien de passar per urgències d’un hospital per veure quin mal fa l’alcohol, per exemple, doncs tothom hauria de veure què vol dir deixar aquest món dignament, acompanyat per la gent que s’estima.

Què s’exigeix a un professional que assisteix a moments com aquests?
Sempre els hi dic el mateix a les cuidadores: entrar a un domicili és una cosa molt íntima. És com quan vas al metge i t’has de despullar davant d’algú que no et coneix, però encara més, perquè aquella persona ho exposa tot, no només el físic sinó tota la intimitat de la seva llar. El cuidador ha de ser molt conscient d’això i ser hiperrespectuós, tenir una sensibilitat especial. I això és innat, es pot polir però no s’ensenya. S’ha de tenir en compte que la persona és ella i el seu entorn, t’hi has de ficar a dins sense que es noti perquè si no seràs com una punxa i així no pots fer bé la teva feina.

Has de ser invisible?
Més aviat camaleònic, saber-te adaptar a cada situació.

Quins reptes afronten els professionals en l’atenció domiciliària?
El cuidador té una feina molt solitària que li exigeix eines i recursos. A vegades, per exemple, hi ha un cas d’una demència cognitiva que la família no acaba d’acceptar i obliga el professional a fer una doble feina. Això pot cremar molt i et pot fer sentir molt sol. Estem molt a sobre quan una persona ha encadenat diversos serveis molt durs, mirem de fer tutories, parlar per veure com està i, en alguns casos, ajudar-lo a posar-se de nou al lloc que li toca.

Quan es treballa amb persones, deu ser difícil controlar el grau d’implicació.
És important ensenyar al cuidador que s’ha d’involucrar però fins a cert punt. Hi ha qui et truca angoixat un divendres a la tarda perquè la persona estarà sola tot el cap de setmana. A tu et toca dir-li: “Hi ha un telèfon de guàrdia, si ens necessiten ens trucaran. Tu ves a casa i descansa per tornar dilluns”.

Una responsabilitat que no sempre es veu reconeguda socialment.
La de les cures és una feina massa poc valorada. En el cas del professional, cobra per la feina però mai estem parlant de grans sous. En canvi, és a qui deixes la teva mare malalta o el teu fill. És una gran contradicció: no valorem la persona a qui li confiem el que més estimem.

Quin és el perfil de l’equip de cuidadores que coordines?
Més del 90% de les cuidadores que treballen al servei d’assistència domiciliària són dones i més de la meitat són migrades. Treballem amb persones que estan en extrema precarietat laboral i social. Ens n’arriben a través de cursos de formació del Servei d’Ocupació de Catalunya (SOC) i fins i tot per aquesta via hi ha un programa en què actuem de pont oferint feina a persones sense papers perquè puguin, gràcies a això, regularitzar la seva situació. Nosaltres també els fem formació específica en funció de les necessitats.

Saber cuidar-se, l’assignatura vital per cuidar un familiar depenent per Marta Rodríguez

Els terapeutes aconsellen trobar moments i espais personals en què desconnectar de la situació de casa Sira, 9 anys Daniela, 8 anys

Els costa expressar-se en primera persona. El jo es difumina sense voler en un ell o ella perquè ell i ella han passat a ser el centre de la vida a partir del qual s’organitza tot i tothom. Són les persones que tenen cura d’una mare, un fill o un oncle al qual l’edat o una malaltia ha fet depenent i requereix una atenció constant. Se’n diuen cuidadors no professionals o informals i, com passa en totes les etapes i aspectes de les cures personals, la immensa majoria són dones, tan invisibilitzades com imprescindibles per a l’organització de milers de famílies. Tot i que cada cop hi ha més recursos públics i privats i subvencions per pagar ajudes, la llei de la dependència és lluny d’una atenció universal i molts sol·licitants moren pel camí esperant una resposta. Segons les últimes dades de la Generalitat, a data de 30 de juny hi havia 173.000 catalans beneficiats per algun dels programes -residència, centre de dia, teleassistència o ajuda a casa-. D’aquests, un 65% eren dones i un 54% tenien més de 80 anys. A través de la llei, 88.800 cuidadors familiars rebien ajudes.

Violeta Tenedor, de 85 anys, va cuidar primer de la mare i el marit, abans de fer-se càrrec del fill de 59 anys, amb un trastorn bipolar, que viu amb ella. “Estic acostumada a cuidar; la vida es presenta i no et pots queixar”, explica Tenedor. Al seu costat hi ha Carme Fusté: “Em cuido cuidant-la a ella”, diu de la seva filla de 52 anys, també amb una malaltia mental. La frase la podrien subscriure les altres persones que les escolten atentament, usuàries del Grup Interfamiliar o del taller Cuina per Descansar la Ment que gestiona el servei de rehabilitació comunitària de salut mental de Cornellà, de l’Obra Social de Sant Joan de Déu.

Aquest és el gran repte que tenen els cuidadors no professionals, “aprendre a cuidar-se” i saber reservar-se un “espai propi”, un moment del dia per recuperar el jo, afirma Alba Auladell, psicòloga de l’Associació de Familiars de Malalts d’Alzheimer del Baix Llobregat. De vegades és fa difícil demanar ajuda perquè s’ha interioritzat tant l’obligació moral i ètica de cuidar que els problemes personals queden en segon o tercer pla. Marta Puig, treballadora social de la Fundació Sant Joan de Déu, explica que bona part de la seva feina és conscienciar els familiars del fet “que també tenen necessitats”, així com apaivagar pors. “Sempre tenen la por de què passarà si la persona malalta recau, i els recordo que hi ha una xarxa i que no estan sols en les cures”, diu.

La teràpia de córrer

Per a Gemma Vilanova, córrer va ser un bàlsam. S’hi va aficionar després del segon part, acompanyant el seu marit, i abans del diagnòstic de trastorn de l’espectre autista del fill, que ara té 12 anys. El matrimoni va entendre que sortir a córrer era beneficiós. “Deixes de pensar en el tema perquè et centres en el teu cos i et mantens il·lusionada”, explica aquesta mare de tres. La Gemma acaba de posar negre sobre blanc la seva experiència a 1 fill inesperat i 1 sofà. La vida amb en #Josepvalent, un cant a “l’acceptació de la diferència”, apunta.

De tant en tant, Julia Monforte es dona un premi i se’n va de mini vacances amb unes amigues o surt a ballar. A casa es queden la seva parella i el seu germà, tots dos amb malaltia mental, però amb l’activitat en solitari diu que troba un espai per diferenciar-se. També Carmen Soriguer i el seu marit, Francisco Gracia, troben en el ball una via d’escapament al fet d’estar pendents en la distància d’un fill de 45 anys amb esquizofrènia. Està casat i viu amb la seva família, però els pares s’apunten “a tots” els programes d’ajuda per al cuidador.

En els grups de teràpia de familiars neixen la complicitat i l’empatia i els integrants “s’emmirallen”, diu Marta Puig, per a qui consells i suggeriments mutus són positius. “Hi trobo el consell de la tribu i un cert consol que no estic sol”, diu Esteve Jornet, a qui la vida li va canviar quan la seva dona va caure en una gran depressió i en un trastorn alimentari greu. “Surto molt més tranquil·la de com hi he entrat”, afirma Carmen Soriguer.

Els familiars que cuiden arriben als grups després de molt temps, després d’anys “de psiquiatre en psiquiatre”, diu Francisco Gracia, per posar nom a què passa al familiar malalt, sobretot en el cas d’una patologia mental. Les malalties orgàniques i físiques o la vellesa, malgrat tot, són més fàcils d’assumir i d’explicar. Esteve Jornet admet que quan la seva dona va presentar els primers símptomes estava “desorientat” perquè no hi trobava explicació, però que, amb el suport professional, ha après “a no estar tan pendent”, i ara es defineix com una “persona resilient”.

El dol en vida

En el procés les famílies passen “un dol en vida” perquè, com diu Carme Fusté, “el que més costa és pensar que la persona d’abans ja no tornarà”. L’acceptació de la dependència sovint va lligada a l’estabilitat del pacient, en el cas d’una malaltia, com explica Mercè Guerrero, que des de fa tres anys està a càrrec del seu fill de 30 anys, que ha patit algun brot psicòtic. “Depèn de com està ell, estàs tu”, diu. Els seus companys també assenteixen quan la Carme comparteix que controla el noi per fer un autodiganòstic ràpid: si està escoltant música o dibuixant, tot està sota control.

El patiment sovint també s’acompanya del sentiment generalitzat de culpa, apunta la psicòloga Auladell. Se senten culpables fins i tot de ser els causants d’una malaltia mental. Carmen Soriguer confessa que algun cop s’ha trobat pensant que “potser” tots els mals del fill malalt provenen d’una caiguda accidental de quan estava ja molt avançada en l’embaràs. Se senten culpables també de no estar a l’altura en la resposta i en les cures, com afirma Mercè Guerrero. “Busques portes que s’obrin només per ajudar-lo”, diu.

En el cas de Teresa Ferrer, aquesta culpa la va dur a treure de la residència la seva mare, de 88 anys i amb demència, un mes després d’haver-hi ingressat. Sentia que l’havia abandonat, li feia mal, diu. “A la residència no rebia tanta atenció. A casa meva és on està millor, amb les seves coses”, diu aquesta mestra de primària, que admet que una mala nit de la mare l’acaba afectant en el seu dia a dia. Amb el seu germà van decidir cobrir les hores diürnes dels dies laborables amb dues cuidadores professionals -una a través de la llei de la dependència-, amb tot el que això suposa per a l’economia familiar. “És a costa de la meva intimitat, perquè sempre hi ha gent per casa”, explica. Les nits són per a la Teresa, mentre que els caps de setmana els germans s’alternen, sempre a casa de la filla, per no desorientar la fràgil consciència de la mare.

Sobretot en les cures de pares a fills, el futur és la gran preocupació. A l’octogenària Violeta Tenedor li agradaria “morir al peu del canó” i Carme Fusté comença a “delegar” en la neta, conscienciada ja als 22 anys que haurà de ser una cuidadora.