¿Porqué Gritamos?

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Algunas personas se preguntan por qué los padres gritan a sus hijos. A continuación les explico la lógica que hay detrás de esta acción.

¡Los chicos pueden ser tan exasperantes! Puedes llamarlos, y volver a llamarlos y no vienen. Les gritas y les explicas y no escuchan. A veces les tienes que pegar cuatro gritos para que te presten atención. Entonces, cuando les gritas, por fin te toman en serio.

Otra buena razón para gritar es que te ayuda a que puedas desahogarte. Es muy frustrante andar corriendo todo el día de aquí para allá, haciendo los mandados, trabajando, llevando la casa, ocupándote de todo el mundo para, después de todo esto, tener que lidiar con un hijo para quien la idea de una diversión es fastidiar de todas las maneras posibles al bebé en su hora del baño. ¿Cuánto puede soportar una madre? Al gritar liberamos las tensiones y así evitamos desarrollar úlceras.

Y dicho sea de paso, a nosotros nos gritaron mucho y salimos bastante bien. Nos convertimos en correctos y equilibrados miembros de la sociedad. Bueno, quizás no tengamos la mejor relación con nuestros padres pero, lo principal es que el resultado no ha sido malo.

Por último, no lo podemos evitar. Gritar está en nuestros genes y es una reacción que surge de los modelos que nos brindaron nuestros padres. Es natural. Lo que se aparta de lo natural es no gritar. Exige mucho autocontrol, es algo así como dejar de consumir azúcar, café y harinas blancas por el resto de nuestras vidas. Si partimos de la base que no deberíamos gritar, entonces nuestras cuerdas vocales vendrían pre-programadas en Mute.

Es así, son las explicaciones (¿racionalizaciones?) más comunes y corrientes para justificar los gritos que hemos recibido de nuestros padres. Y, aunque todas contienen elementos de verdad, hay otra cara de la moneda que debe ser considerada. Cuanto más gritemos a nuestros hijos, mayor será la cantidad de hábitos nerviosos que van a desarrollar. Cuanto más griten los padres tanto más aumentarán los síntomas del estrés, tales como arrancarse el pelo, escarbarse la nariz, parpadear, mojar la cama y otros. Cuanto más gritemos, peor será la salud física de los niños: más dolores de cabeza, de estómago, resfrios y gripes. Cuanto más gritemos, mayores serán los problemas de conducta de nuestros hijos: desobediencia y desafío en casa o el colegio.

Cuanto más gritemos, más problemas sociales tendrán nuestros hijos: serán víctimas de hostigamiento, o serán hostigadores, les costará hacer amigos y mantenerlos. Y, cuanto más gritemos, mayor será la tendencia de nuestros hijos a presentar falta de concentración para hacer los deberes. Ningún niño proveniente de un hogar donde se grita presenta toda esta sintomatología en forma simultánea; la vulnerabilidad individual de cada niño determinará el o las áreas de funcionamiento que podrán verse afectadas.

Y todavía queda más para agregar. Si les gritamos ininterrumpidamente durante dos décadas (es decir, durante los años de la adolescencia) entonces, una vez adultos, tenderán a presentar: más desórdenes de personalidad, más problemas de relación, más depresión y ansiedad, más problemas de salud, más dificultades como padres, más disfunciones de todo tipo posible.

Cuanto más gritemos a nuestros hijos, menos les vamos a agradar. Cuanto menos les agrademos, tanto menos querrán parecerse a nosotros. Al no identificarse con nosotros, posiblemente también rechacen nuestras enseñanzas, nuestros valores y cualquier cosa que queramos impartirles. Por eso, cuanto más gritemos, menos influiremos sobre nuestros hijos para que sigan por el camino que queremos que recorran. Cuanto más gritemos a nuestros hijos, tanto más se verá amenazada nuestra capacidad para transmitirles nuestra herencia judía, enseñarles a diferenciar entre el bien y el mal y compartir nuestras lecciones más importantes.

Además, hay grandes posibilidades que los niños a quienes gritamos con frecuencia durante dos décadas, no nos van a querer mucho cuando lleguen a ser adultos y se vayan del hogar. Algunos no nos volverán a hablar nunca más. Otros tratarán de mudarse al otro lado del mundo y, solo muy de vez en cuando, nos llamarán. Algunos se quedarán viviendo bastante cerca como para discutir con nosotros toda la vida. Veremos –o no- a nuestros nietos. Y muy posiblemente nuestros nietos también reciban gritos porque hemos incorporado un "programa de gritos" a su crianza. Cuando les gritamos a nuestros hijos, también les estamos gritando a nuestros nietos, bisnietos y... a los que vendrán.

De modo que, aunque por todas las razones anteriores sea tentador gritar, el precio para obtener un poco de colaboración es demasiado alto. Por suerte disponemos de una serie de poderosas alternativas para lograr la colaboración de un niño. Vale la pena tomarnos el trabajo de aprenderlas.

http://www.es.chabad.org/library/article_cdo/aid/754838/jewish/Por-Qu-Gritamos.htm

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