Experiencia de una educadora social en practicas

A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota de agua en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota”. María Teresa de Calcuta.

Esta frase representaría mi paso por un piso de acogida de Cáritas. Y es que resulta difícil concretar en pocas palabras el grado de complejidad de esta labor. Realmente, nunca había experimentado intervenciones relacionadas con el ámbito de las drogodependencias, y debido a mi incertidumbre, los primeros días sentía cierto nerviosismo cada vez que se acercaba la hora de acudir. Recuerdo la calidez con la que me acogieron el primer día las personas que allí estaban, y agradezco profundamente el continuo apoyo que se me ha ido brindando por parte de todas las personas, tanto profesionales como usuarios, durante mi estancia. Ya que, gracias a ellas, he logrado aumentar la confianza en mi misma para poder involucrarme y desenvolverme de manera más eficaz en las cotidianidades de un piso de acogida.

Como he dicho, el comienzo de la experiencia me resulto la etapa más complicada, me dí cuenta de la atención e implicación que requería este trabajo, por lo que me dediqué a observar y evaluar situaciones, comportamientos, detalles, etc. Y como en todo, comenzaron a surgirme dudas que me llevaban a largos procesos de reflexión.

Con el paso del tiempo, mi participación fue creciendo y a medida en que las incógnitas anteriores desaparecían, nuevas dudas más complejas brotaban en mi cabeza. Y puedo decir que ha sido una etapa de continuo aprendizaje y meditación, una oportunidad única para cuestionarse a uno mismo y cultivarse con los demás.

En estos últimos días, he comprobado como mi trabajo no ha sido en vano y en realidad ha merecido la pena. Gestos, palabras y sonrisas me han hecho comprender lo útiles y humanas que son determinadas acciones cotidianas como pararse a escuchar a alguien, comprenderlo, apoyarlo y demostrar que de verdad te importa, etc. Acciones que cualquier persona, en algún momento de su vida ha sentido la necesidad de disponer de ellas.

Y lo cierto es que te adentras en un mundo sombrío, conoces sin preámbulos la otra cara de la realidad, la de la miseria y el lamento, la cara oculta de la adicción. Diversos estilos de vida se hacen presentes en este lugar, vidas indigentes, vidas solitarias, vidas conflictivas o incluso vidas de corbata. Pero todas vacías, vacías del vacío que las drogas habían producido.

A partir de tomar la decisión de cambiar de hábitos, empieza la lucha, la pelea continua por quitar de su mente y cuerpo aquel familiarizado vicio que mata en vida.

La relación existente en el piso se puede asemejar a la de una gran familia y resulta admirable contemplar el esfuerzo que se realiza diariamente. Voluntad, energía y arrojo centrados en que estas personas retomen una vida normalizada en la que sus posibilidades salgan de nuevo a relucir, una vida en la que nadie les vuelva a mirar desde el desprecio. En definitiva, en el Hogar, las personas comienzan de nuevo a ser las personas que algún día fueron.

Me gustaría concluir diciendo que “el sol no se ha puesto aún por última vez”, por lo que queda mucho por hacer por nuestros iguales. Y es que existen mil maneras de sacar sonrisas, de escuchar todo lo que tienen que decir, millones de formas de ilusionar e infinitos modos de ampliar la libertad en horizontes desconocidos a personas cuya libertad se encuentra condenada entre muros.

Hemos aprendido a volar como pájaros, a nadar como peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos”. Martin Luther King

http://www.educablog.es/2011/05/27/experiencia-de-una-educadora-social-en-practicas/

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