TRANSITIVISMO Y SEPARACIÓN TEMPRANA por Miguel Morales

Lo que expondré hoy es el resultado de una producción en el contexto de un cartel, instancia de formación que ha tenido como rasgo la constitución subjetiva a la luz del psicoanálisis infantil. Tal producción de saber no podría sostenerla si no es en una transferencia de trabajo con mis compañeros, que ha permitido poner en diálogo los distintos lugares, espacios y posiciones desde donde cada uno ejerce una práctica y más aún, una experiencia con la infancia. En particular esta ha tenido que ver con las consecuencias que tiene para un niño pequeño la separación de sus padres y la vida en un hogar de protección. De esto solo puedo hablar desde mi lugar acompañando terapéuticamente a niños que por allí han pasado, compartiendo también con muchos otros, durante el tiempo en que he estado, tiempo en el que he podido observar el momento en que despiertan, cuando almuerzan, cuando juegan o pelean entre ellos; cuando duermen, cuando no pueden dormir, cuando son visitados y les toca despedirse, y cuando esperan y esa espera se alarga más de lo presupuestado, ya que el tiempo de ellos es diferente al tiempo de las instituciones, tiempo que deja sus huellas.

El sujeto es un lugar en el Otro, que se sujeta a través del cuerpo. Es cosa de detenerse a observar cómo un niño se ancla en el cuerpo del otro que lo acuna. Precisamente es en esa vivencia del cuerpo donde hay que observar las consecuencias que la separación temprana posee y pensar en las coordenadas en las que se compone y articula el Otro, claves que son corporales y sensoriales, de ritmos, temperaturas, texturas, es decir, un cúmulo de puntos de referencia desde los cuales un niño comienza a ubicar y construir esta alteridad, y que se constituirán como las principales referencias identificatorias a través de las cuales podemos hablarle al sujeto.

Cuando un niño es separado de sus padres y entra en un hogar de protección, podemos pensar en una caída casi total de los puntos de referencia antes mencionados, hitos de una historia familiar que se ha escrito con cuerpo para otro cuerpo a través de miradas, susurros, latidos, caricias, voces, olores que producen el discurso que el niño se identifica. A su vez es, también, una caída de puntos de referencia por parte de los padres; al respecto una madre señalaba lo siguiente en relación con sus hijos cuando egresaron de la residencia: “ahora que salieron, es como si tuviera que volverlos a conocer”. Desde acá no se comprende cómo las instituciones de protección privilegian evaluar la capacidad empática o las pautas de apego de los padres, por sobre la posibilidad de generar espacios de encuentro donde poder volver a resituar estos puntos de anclaje.

Por el lado del niño al llegar a una residencia se encontrará de lleno con un cúmulo de nuevas sensaciones corporales. Su nombre será repetido en distinto tono y volumen, por distintas voces; su cuerpo será manipulado en ocasiones sin que nadie pronuncie palabra alguna, palabras tan necesarias para que una mano sea una mano, un pie un pie, o para que los ojos se transformen en una mirada. Lo recibirán brazos nunca antes conocidos, voces y miradas anónimas en las que su cuerpo quedará fragmentado y esparcido en un discurso que supone, en la mayoría de los casos, únicamente una hipótesis de vulneración y maltrato. Tendrá que utilizar ropa nueva, pocas veces podrá conservar una prenda, ya que constantemente será intercambiada con los demás. Por lo general lo único propio serán los zapatos, y por eso es que son tan importantes, son objetos que fácilmente los niños y niñas reconocen como pertenecientes a otro. Las horas de comida también cambiarán, ya que tendrá que adaptarse lo más rápido posible al ritmo de la institución, además, si es que no come solo, será alimentado por la cuidadora que se encuentre en ese momento a cargo, independiente de si un niño o niña prefiere ser alimentado por alguna cuidadora de su gusto.

Tales vivencias quedan impresas en el cuerpo de cada uno de ellos y traen sus consecuencias. Es la dermatitis que enrojece ciertas zonas de la piel, pero que indica los lugares por donde una caricia no ha pasado; bebés que cerca del año no pueden mantenerse erguidos, u otros que eligen hacer de su cuerpo una coraza, dando la impresión que no necesitaran de otro para vivir. Niños que se autoagreden arrojándose al suelo y golpeando su cabeza reiteradamente, sin evidenciar dolor alguno, al mismo tiempo que su mirada se apaga y pierde. Algunos que al caer y golpearse se levantan como si nada hubiera ocurrido, o que tienen accidentes recurrentemente, siempre llevando consigo alguna herida. También hay otros que casi no enferman, en cambio otros lo están la gran parte del tiempo.

De todas estas experiencias recuerdo una en particular y de gran intensidad. En muchas ocasiones los acompañamientos que realizaba eran en la habitación de los lactantes, allí se podían escuchar un sinnúmero de diferentes tipos de llantos, cuando comenzaba a llorar alguno, el resto también lo iba haciendo progresivamente, y al cabo de unos instantes aparecía alguna cuidadora que por lo general se dirigía a uno o dos de los bebés. Algunos podían calmarse mientras otros continuaban llorando. Sin embargo me resultaba llamativo la presencia de algunos bebés que lloraban con muy poca intensidad, casi como si su llanto fuera imperceptible y se perdiera en el de los demás sin que se lograra escuchar, como si no produjeran ese efecto que hace que el otro se de vuelta a ver quién está llorando. Por lo general las cuidadoras que llegaban se dirigían primero a quien lloraba más fuerte.

Considero que todas las escenas antes mencionadas tienen en común que el llamado al Otro pareciera estar dificultado, o que ha perdido su intensidad, su consistencia, cierta dimensión que lleva el cuerpo hacia el Otro. Por otra parte, algunas de estas experiencias, como el dolor, constituyen una forma de negación de las vivencias del cuerpo, en el sentido que se niega al nivel de un discurso dirigido a un Otro, pero que vemos reaparecer en lo real del cuerpo. Es la ausencia de una demanda que conecte la experiencia corporal con el discurso que el otro hace, demanda que no se ancla en el cuerpo únicamente por su valor de discurso, sino que cuando existe Otro particular que se afecta ante la vivencia corporal de un semejante y es únicamente desde esa posición donde puede emerger un discurso que afecte a la vez esa vivencia.

A través del transitivismo es que propongo una manera de articular este problema. Este concepto se explica a través de la siguiente observación: un niño se da un golpe en alguna zona del cuerpo y su madre es quien lo sufre, emitiendo un “ay, eso te dolió”. Es la indicación que hace la madre, a través de un discurso, de una experiencia que ella no ha vivido, pero de la que se siente afectada, suponiéndole un saber a su hijo acerca de su cuerpo. Sólo desde ese momento es que el niño sentirá dolor y con su llanto llamará a otro que nombre eso. Se trata de una doble negación, división y represión de quien emite el discurso y de quien se lo identifica, ya que el que nombra la experiencia niega el desconocimiento de la vivencia de quien la sufre, reprimiendo el afecto que le genera, quedando por esto dividido. Por el lado del niño, este se ubica, identificándose, en el lugar de quien emite el discurso, apropiándose de éste y negando su propia vivencia. El discurso transitivista es un golpe de fuerza, ya que implica a la vez una negación y aceptación de la experiencia de un semejante y que el otro se identifique ese discurso. Cuando la madre dice “ay”, señala que su hijo tiene un cuerpo y limitando así su goce. Esto puede permitir una lectura de la pasividad corporal de los niños que no demandan, de esas miradas pasivas y pérdidas en un horizonte sin palabras, pérdida de la intensidad de este choque de fuerza.

Así, las consecuencias de la separación afectiva y la posterior institucionalización de un niño o niña, tienen como efecto cuestiones relativas al cuerpo, marcas a la espera de un discurso que las puntúe, que haga texto y textura a la vez, cuerpo que se dirija a un discurso que lo afecte, en tanto Otro que dona ese cuerpo por su propia vivencia.

Dejo mi inquietud planteada acerca de la posibilidad de pensar un trabajo psicoterapéutico con niños institucionalizados tomando como puntos de referencia los aportes del transitivismo, suposición de un saber acerca del cuerpo que crea demanda viva.

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